Capítulo 4: Más cosas raras

Felipe Ramírez Castellanos

Bueno, supongo que ya he acabado de explicaros como empezó todo, aunque la verdad, dudo que haya quedado muy claro. Y es que el problema, el quid de la cuestión, o como yo le llamo, el comienzo; reside en el parque. Lo difícil es averiguar qué es. Y en eso estoy.

Continuaré entonces.

Como ya he contado cosas raras están ocurriéndome. Tengo ‘’manchas’’ azules, mis ojos han cambiado también de color, puedo mover cosas, aunque todavía no sé exactamente como, a Watson le encanta beber agua flotante, yo me estoy volviendo un antisocial, y lo peor, eso no es todo.

Allí estaba yo y mi hurón escuálido, seco y en huesos, sentados en un banco contemplando el lago en el atardecer. Los barcos volvían ya hacia sus respectivas orillas de amarre, los niños volvían con sus padres por los caminos principales a sus casas, los aficionados recogían sus barcos teledirigidos del agua, peces chapoteaban en la superficie, y de repente todo quedó en calma excepto por dos barcos que no habían ido a atracar todavía a la orilla.

Uno era gris, con la forma de un tiburón, y el otro era azul marino, con la forma de una ballena. Ambos botes se encontraban de frente uno contra el otro, con las cabezas de sus respectivos animales enfrentadas y los capitanes en la misma situación. El del barco ballena iba trajeado de azul completamente de arriba abajo con un pañuelo en el cuello como toque de elegancia y zapatos de charol, sin olvidar mencionar el cigarrillo que le sobresalía de la boca y el del barco con forma de tiburón, de la misma guisa pero trajeado de gris. Esta loca pareja se encontraba luchando a pleno palazo con los remos de los barcos y sin contemplaciones. Los pasajeros que transportaban estaban aterrorizados y uno de ellos había sufrido un golpe grave en la cabeza. Y la lucha seguía.

Sin remediarlo, no pude sino gritar.

-¡Eh vosotros! ¡¿Se puede saber que estáis haciendo?! ¡¿No veis que le habéis dado a ese pobre hombre y vais a desgraciar a alguien más?!

Tras esto, el del traje gris se quedó mirando fijamente a algo, no sé exactamente qué pero estaba en mi dirección, y sin darse ni cuenta, el del traje azul le hizo un bonito dibujo en toda la cabeza con su hermosa pala.

Se lo que estáis pensando, con qué tranquilidad lo dice y cosas así ¿No?, pues resulta que no se puede decir de otra cosa, ya que tras el inmenso palazo que había recibir, se limitó a parpadear, a mirar al capitán del otro barco y a remar hacía su puerto.

¿Qué queréis que os diga? ¿Extraño no? Pues aunque mentira parezca, ni me inmuté, aún seguía pensando en porque miraba a mi alrededor, y después de lo que había visto ya no me sorprendía nada de ese calibre.

Las horas pasaban, y yo seguía allí sentado en el banco, viendo como Watson intentaba cazar una salamandra para llevarse a la boca y como se rebozaba en el barro. Qué hurón más tonto. Qué cerdo. Qué antipático…soy.

Ya eran las 12 de la noche, estaba solo, y el guardia me indicó con sus luces que saliera inmediatamente, que él también tenía vida que hacer. Así que me levante, enganché a Watson del pellejo y me lo volví a meter en el bolsillo, y emprendí mi camino a casa.

Me encantaba pasear por el camino pedregoso de este parque, por entre los árboles, oír a los búhos ulular y oír mis pisadas al andar por la grava. Me tranquilizaba. Aunque a veces era bastante aterrador, la oscuridad nunca me gustó. De pequeño solía gritar en medio de la noche y llamar a mi padre para que durmiera conmigo.

De repente, oí algo detrás de mí, como un aleteo, pero no un aleteo normal, era de alas grandes, enormes, agitaba todos los árboles. Ya era lo que me faltaba para salir corriendo. Las farolas se apagaron también. Empecé a correr.

Corría y corría, y avanzaba a toda velocidad por el camino, tropecé una vez, me caí, no importaba, tenía que seguir corriendo, y así lo hice, avancé, avancé y avancé y por fin llegué a la puerta donde estaba el guarda esperándome en su coche con cara de pocos amigos.

-¿Qué demonios tenéis ahí? ¿Qué bicho raro tenéis ahí dentro?- Le pregunté mientras intentaba calmar a Watson que estaba haciendo un sonido un tanto extraño y enseñando sus dientes al camino.

-¿Qué estás diciendo? Ahí dentro lo más grande que hay son ardillas…

Intenté convencerme a mí mismo de que lo que había visto me lo había imaginado, pero no era así, no me lo había imaginado, había visto algo, algo gigante y extraño, y esto no quedaría así.

-¿Quieres que te lleve a casa?- Me preguntó.

-Te lo agradecería.

Y con estas palabras me monte en el coche y no dije nada hasta llegar a casa, aunque si me pareció haber visto a algo o a alguien mientras me montaba en el coche. Igualmente, no le di importancia.

Por fin llegue a mi casa. Abrí la puerta, entré, y me dormí en la cama hasta el día siguiente.

El día siguiente fue aún más raro todavía. Solo recuerdo haberme levantado,  haber ido al puerto, y haber vuelto a mi casa tras ello. Y sinceramente, no me gustó la guisa en la que me encontré cuando por fin tuve conciencia de lo que había hecho.

Estaba en la cocina, sentado frente a la mesa. Watson me miraba…me miraba como si fuera un…indescriptible. Y no le quito razón. El plato del desayuno estaba lleno de ______.

Venga, vamos a hacerlo más interactivo, ¿Qué queréis que este comiendo?

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