Capítulo 3: ¿Qué demonios está pasando? Azul.

Estaba feliz. No lo entendía, en realidad, no lo quería entender, pero le gustaba.

Intentó controlarlo durante unos minutos más hasta que un ligero dolor en el estómago comenzó a aflorar. Entonces bajó la mano y se levantó de la silla, atravesó todo el comedor y cuando estaba a punto de alcanzar su habitación se derrumbó y todo quedó negro.

¿Habéis sentido alguna vez que en medio de la noche oíais ruidos que os hacían despertar y que incluso os mareaban tanto que acabasteis abriendo los ojos y solo pudiste ver oscuridad? Pues algo así era lo que sintió solo que los ruidos estaban dentro de él, el mareo se lo causaba el dolor, y el sueño  era inevitable.

Ya era de noche. Por fin pudo abrir los ojos. Watson estaba sentado frente a su cara con su típica carita torcida de cachorrito observándole como si fuera un bicho raro con esos grandes ojos suyos. Se acercó a Cley y le lamió la nariz. Este intentó incorporarse más o menos sujetándose la cabeza con la mano derecha, le dolía a horrores.

-¿Y tú que miras enano?- le preguntó medio riendo al huroncito.

Con tanta sorpresa, Watson se limitó a torcer la cabeza hacia el lado contrario y continuó observándole.

Cley consiguió incorporarse completamente sujetándose al picaporte de la puerta de su habitación y aunque por fin estaba de pie las piernas continuaban fallándole. Avanzó un poco dirección a su cama y se tumbó.

Watson que seguía mirándole salió de la habitación al son de sus pasitos y moviendo la cola para los lados y volvió al rato llevando en la boca el paño de la cocina empapado. Se acercó al borde de la cama y escalando por la colcha finalmente llegó al lado de Cley, pasó por encima de su cara torpemente metiendo dos de sus patas en su ojo y en su oreja y al llegar a la parte posterior de la cara libero el trapo de sus dientes y lo dejó caer sobre la cara de su amo tapándosela por completo.

-Te agradezco el esfuerzo canijín por intentar que me mejore pero podrías haber traído uno que no tuviera los restos de los espaguetis pegados a él ¿No crees?- Le dijo a la vez que se sentaba en la cama, apoyándose en el cabecero y acariciándole el lomo bruscamente.

Se puso ambas manos en el estómago. La tripa le dolía a horrores pero por lo menos ya se le había ido el mareo.  Algo le estaba quemando la tripa. Se levantó la camisa y observó su ombligo. Nada, no había nada, todo le continuaba ardiendo pero no había nada.

Ese día no cenó. Se quedó en la cama, vestido y con Watson acurrucado y hecho un ovillo a su lado.

Ya era de día pero todavía no se había despertado, estaba soñando.

Como de costumbre había sacado a su hurón al parque a dar un paseo, iban por las calles, jugaban y saludaban a la gente. Lo raro del sueño era que, saludaban exactamente a la misma gente que habían visto el día anterior en su paseo. Exactamente a la misma; a la vecina, al cartero, al carnicero y a un hombre muy extraño con los ojos grises que le había mirado un poco mal pero había acabado mostrando una sonrisa más bien forzada.  Ellos sin embargo seguían andando, lo iba pensando, reaccionando,  ahora a la derecha, ahora a la izquierda, se acordaba perfectamente de todo excepto cuando llegó al lado central del parque. En él había  un lago hermoso, enorme y de aguas cristalinas. Se podía ver la otra orilla desde lejos, la gente viajaba en barca de extremo a extremo, había dos puertos a cada lado, en el de su lado había un puesto de animales acuáticos, tortugas,  peces, ranas, etc y en el otro había un puesto de algodones de azúcar. A todo esto se le sumaba el día soleado

Pero Cley solo podía recordar todos los elementos de su rutina, era incapaz de recordar lo ocurrido a partir de llegar allí, simplemente le era imposible.

Se quebró la cabeza, intento recordar, incluso le pregunto a Watson, que obviamente no le contesto, pero aún así era incapaz de recordarlo. Acabó dejándolo a un lado.

Finalmente, se despertó, la tripa ya había dejado de dolerle y el día se presentaba soleado y maravilloso. De nuevo siguió su rutina. Se levantó, se lavó la cara, los dientes, fue a la cocina, se preparó el desayuno, dio de comer a Watson que no hacía nada más que seguirle y se sentó a desayunar a la mesa con Watson frente a su desayuno.

Se rascó la tripa. ¿¡…!? Sintió algo extraño, algo se le marcaba en la tripa,  algo inusual. Fue corriendo al servicio, Watson cogió una tostada en la boca y le siguió también. Una vez allí se quitó la camiseta frente al espejo, y palideció. Estaba allí delante de sus ojos, algo azul, una mancha, una espiral. Algo le había crecido en el estómago alrededor del ombligo, una espiral azul. Parecía una mancha, pero estaba incrustada en la piel. Era como una quemadura, ¡era una quemadura! pero de un color azul vivo que resaltaba aún más el relieve de la forma.

No sabía qué hacer. No sabía cómo reaccionar. No podía relajarse.

Se acercó al espejo, había visto algo extraño en su mirada, una claridad inusual, un brillo inusual. Se miró fijamente a los ojos. Habían cambiado. Aquel negro intenso español heredado de su madre había desaparecido completamente de sus ojos, en vez de ello sus ojos eran ahora del color del mar, de un azul intenso y penetrante.

Seguía sin creerlo. ¿Qué eran estos cambios? ¿Por qué todo era azul? ¿Qué demonios estaba pasando?

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